Una postal detenida en el norte cordobés, entre ruinas, memoria y olvido

Hay lugares donde el tiempo parece avanzar de otra manera. Sitios donde el abandono no irrumpe de golpe, sino que se instala lentamente, hasta convertir la vida en recuerdo. En el norte de Córdoba, entre la inmensidad del paisaje y la dureza del monte, existe uno de esos parajes: Totoralejo.

A simple vista, hoy parece apenas un puñado de construcciones castigadas por el viento, el sol y los años. Pero detrás de esas ruinas, detrás de cada pared descascarada y cada rincón en silencio, hubo alguna vez una comunidad. Una forma de vida. Un pequeño universo sostenido por algo que en la Argentina profunda fue mucho más que un medio de transporte: el ferrocarril.

Totoralejo nació y creció al costado de las vías. Como tantos pueblos del interior, su existencia estuvo ligada al paso del tren. Allí donde llegaba el silbato, llegaban también las noticias, los alimentos, los pasajeros, el trabajo y, sobre todo, la conexión con el resto del mundo. Durante años, el ferrocarril no sólo unió distancias: también organizó la vida cotidiana de miles de argentinos.

Y Totoralejo fue parte de esa historia.

Un pueblo pequeño, pero vivo

Imaginar hoy a Totoralejo en tiempos de actividad exige un pequeño ejercicio de reconstrucción emocional. Porque donde ahora hay paredes vacías, alguna vez hubo puertas abiertas. Donde hoy se escucha apenas el viento, antes se escuchaban conversaciones, pasos, rutinas y esperas.

La vida en estos parajes nunca fue sencilla. El clima, las distancias y el aislamiento imponían condiciones duras. Sin embargo, existía algo que en los pueblos pequeños suele pesar más que cualquier dificultad: el sentido de pertenencia.

Allí, como en tantos otros rincones ferroviarios del país, la vida se tejía en torno a gestos simples y esenciales: la estación, el almacén, la charla entre vecinos, la espera del tren, los movimientos del día. Había una lógica comunitaria, una identidad compartida, una certeza de lugar.

No se trataba de una gran ciudad ni de un centro económico importante. Pero sí de un punto vivo en el mapa. Y eso, en el interior argentino, nunca fue poca cosa.

Cuando el tren dejó de pasar

Lo que ocurrió después también se repite, con variaciones, a lo largo de buena parte del territorio nacional.

Cuando el tren dejó de pasar, Totoralejo comenzó a apagarse.

La desaparición del servicio ferroviario no significó solamente la pérdida de una vía de transporte. Significó, en muchos casos, el fin del trabajo, del movimiento comercial, del abastecimiento regular y de la razón práctica que sostenía la permanencia de muchas familias en lugares aislados.

Así empezó el éxodo. Primero algunos. Después otros. Hasta que el pueblo fue quedando cada vez más vacío.

Totoralejo, en ese sentido, no es una rareza. Es una herida compartida por cientos de pequeñas localidades argentinas que fueron quedando al margen a medida que el sistema ferroviario se desarmaba y el país reorganizaba su geografía económica y social. Donde antes había tránsito, intercambio y pertenencia, muchas veces quedó apenas el silencio.


Nota y fotos: Jorge Villavicencio. (Nota realizada en el 2010 y publicada hoy)

Gracias por compartir esta nota rescatada del baúl de los viajes…

Por RC

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