Cada 9 de julio, los argentinos volvemos la mirada hacia aquella histórica jornada de 1816 en la que un grupo de hombres decidió romper definitivamente los vínculos políticos con la Corona española y proclamar el nacimiento de una nación libre y soberana. Fue una decisión de enorme valentía, tomada en tiempos en que la incertidumbre era la regla y el futuro de las Provincias Unidas era una incógnita.

Aquellos congresales no llegaron a San Miguel de Tucumán en cómodos vehículos ni recorrieron caminos asfaltados. Atravesaron cientos y hasta miles de kilómetros montando a caballo, en carretas o en galeras, soportando lluvias, frío, calor, enfermedades y caminos casi intransitables. Viajaron durante semanas y, en algunos casos, durante meses, impulsados por una convicción mucho más fuerte que cualquier dificultad: construir una patria libre.
No existían las comunicaciones instantáneas ni las facilidades que hoy parecen indispensables. Sin embargo, el compromiso con el destino común fue suficiente para dejar de lado diferencias y reunirse con un objetivo superior. Aquellos patriotas entendieron que la historia les exigía estar a la altura de las circunstancias.
Han transcurrido 210 años desde aquella declaración que cambió para siempre el rumbo de nuestra tierra. En ese tiempo, Argentina ha construido una identidad nacional, consolidó instituciones republicanas, amplió derechos civiles y sociales, desarrolló una destacada tradición educativa, científica, cultural y deportiva, y ha sabido levantarse una y otra vez frente a las crisis. Son logros que pertenecen a generaciones enteras de argentinos que trabajaron, estudiaron, produjeron y apostaron por el crecimiento del país.
Pero también sería un error celebrar la Independencia sin hacer una mirada sincera sobre las deudas que aún arrastramos como sociedad.
Durante décadas, la corrupción, la falta de transparencia, el uso irresponsable de los recursos públicos, la pobreza persistente, la inflación, el endeudamiento y las profundas divisiones políticas han debilitado la confianza de los ciudadanos y limitado las enormes posibilidades de un país que posee recursos naturales extraordinarios y un capital humano reconocido en el mundo.
Mientras millones de argentinos han debido enfrentar dificultades económicas, muchos ciudadanos perciben con indignación que algunos dirigentes se han enriquecido de manera incompatible con la función pública. Esa percepción, alimentada por numerosos casos de corrupción investigados por la Justicia a lo largo de distintos gobiernos, ha deteriorado la confianza en las instituciones y profundizado el desencanto de una sociedad que merece dirigentes a la altura de su pueblo.
La verdadera independencia no termina con una declaración firmada en una casa histórica. La independencia también se construye todos los días cuando la ley es igual para todos, cuando quienes administran el Estado lo hacen con honestidad, cuando la educación vuelve a ser prioridad, cuando el trabajo recupera su dignidad y cuando la Justicia actúa sin privilegios ni presiones.
Quizá el mayor homenaje que podamos rendir a aquellos hombres de 1816 sea recuperar el espíritu que los impulsó a dejar sus intereses personales para pensar en el bien común. Ellos no viajaron durante semanas para defender privilegios; viajaron para fundar una Nación.
Hoy el desafío es diferente, pero no menos importante. Los argentinos de buena voluntad, sin importar nuestras ideas políticas, nuestras creencias o el lugar donde vivimos, estamos llamados a recuperar valores que hicieron grande a este país: la honestidad, el respeto, la cultura del trabajo, el esfuerzo, la solidaridad y el compromiso con el prójimo.
Porque la Patria no empieza ni termina en un gobierno. La Patria vive en cada docente que enseña, en cada productor que trabaja la tierra, en cada médico que salva una vida, en cada comerciante que levanta su persiana, en cada jubilado que hizo grande este país, en cada joven que decide quedarse para construir un futuro mejor y en cada argentino que, silenciosamente, hace las cosas bien todos los días.
Y permítanme, finalmente, unas palabras muy personales.
A ustedes, amigos de Radio Cardinal, quiero decirles que nunca perdamos la esperanza. Nuestro país ha atravesado guerras, crisis económicas, desencuentros y momentos muy difíciles, y siempre hubo argentinos capaces de ponerse de pie para empezar de nuevo.
No permitamos que el pesimismo nos robe el orgullo de ser argentinos. No dejemos que las divisiones nos enfrenten entre hermanos. Podemos pensar distinto, pero jamás debemos olvidar que compartimos la misma bandera, el mismo suelo y el mismo sueño de dejarles un país mejor a nuestros hijos y nietos.
La Argentina no cambiará únicamente por las decisiones de quienes gobiernan. Cambiará cuando millones de argentinos decidamos hacer bien nuestra parte, por pequeña que parezca. Cuando cumplamos con nuestra palabra, cuando respetemos al otro, cuando trabajemos con honestidad y cuando entendamos que el futuro no se construye desde el odio, sino desde el encuentro.
En este 9 de Julio, renovemos aquel compromiso que asumieron nuestros próceres hace más de dos siglos. Sigamos creyendo en la fuerza del trabajo, en el valor de la educación, en la importancia de la verdad y en la capacidad de nuestro pueblo para salir adelante.
Desde Radio Cardinal les deseamos un muy feliz Día de la Independencia.
Que Dios bendiga a cada familia de nuestra región y que ilumine el camino de nuestra querida Argentina. Porque, a pesar de todo, sigue siendo una tierra extraordinaria. Y mientras existan argentinos honestos, trabajadores y comprometidos con el bien común, siempre habrá motivos para creer que los mejores capítulos de nuestra historia todavía están por escribirse.
¡Feliz 9 de Julio para todos!
Jorge Villavicencio.

