Editorial: Redacción Radio Cardinal

La noticia es tan indignante como reiterativa: en lo que va de este 2026, ya se han registrado cuatro denuncias formales por daños intencionales en la Pampa del Leoncito, en Calingasta, San Juan. El último episodio involucró a tres familias oriundas de Buenos Aires que, a bordo de una camioneta 4×4, decidieron que el milenario y frágil suelo de la zona era el escenario ideal para realizar maniobras temerarias y «trompos».

Lo que para estos visitantes fue un momento de adrenalina o una foto para redes sociales, para el ecosistema sanjuanino representa una cicatriz que tardará, según especialistas, hasta cinco décadas en sanar.

El síndrome del «conquistador» de asfalto

Este fenómeno desnuda una realidad preocupante sobre el turismo moderno, especialmente aquel proveniente de las grandes urbes. Parece existir una desconexión profunda entre el habitante de la «selva de cemento» y el entorno natural. Acostumbrados a un paisaje de hormigón, cartelería invasiva y una cultura donde «todo se puede comprar o arreglar», algunos turistas parecen creer que la naturaleza es un parque de diversiones sin reglas.

Desde el graffiti en una roca milenaria hasta el destrozo del suelo con vehículos de doble tracción, el comportamiento revela una falta total de asombro y respeto. ¿En qué momento perdimos la capacidad de contemplar un paisaje sin sentir la necesidad de marcarlo, de intervenirlo o de destruirlo?

La Pampa no es una pista de carreras

La Pampa del Leoncito es un sitio único en el mundo por su planicie y su composición. Es un lugar que debería invitar al silencio, a la admiración de la inmensidad y a la introspección. Sin embargo, para ciertos grupos de turistas, la naturaleza solo parece tener valor si puede ser «dominada».

El hecho de que los responsables sean familias —quienes deberían estar transmitiendo valores de preservación a las nuevas generaciones— agrava la situación. La sanción, que muchas veces no pasa de una «reparación simbólica» o cursos de concientización en su lugar de origen, parece insuficiente frente al daño ambiental causado.

Una educación urgente

Es imperativo que el turista que sale de la ciudad entienda que la naturaleza no le pertenece, sino que él es apenas un invitado. El contacto mínimo que muchos tienen con el medio ambiente durante el año no justifica que, al encontrar un espacio virgen, su primer instinto sea dejar una huella destructiva.

Escribir nombres en los árboles, pintar piedras o acelerar una 4×4 sobre un suelo protegido no es «disfrutar de la naturaleza»; es un acto de vandalismo nacido de la ignorancia.

Fotos: Wikipedia. Noticias San Juan

Por RC

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *